Expatriados en busca de amor

"El nuevo oscurantismo: La ofensa nuestra de cada día" por Oscar Larroca

2019.09.28 21:32 Enchilada_McMustang "El nuevo oscurantismo: La ofensa nuestra de cada día" por Oscar Larroca

El nuevo oscurantismo: La ofensa nuestra de cada día
Óscar Larroca
(Nota publicada en número 52 de "La Pupila")
Historia
"No existe la censura moral, solo la ideológica" Federico Fellini
La censura significa, ni más ni menos, la imposición de límites a la libertad de expresión. Antes bien, esa expresión puede estar habitada por la nobleza o ser denigrante y apologética de delitos. De todos modos, la censura a cualquiera de esas posibilidades expresivas será impuesta por sujetos con poder que han asumido la voluntad de silenciar todas las ideas contrarias a sus intereses, normas o convicciones religiosas. Esas ideas, controversiales y pasibles de ser censuradas se transmiten a través de la oralidad, la escritura o la imagen, siendo las artes (literatura y pintura, principalmente) los blancos preferidos por tiranos de diverso linaje. En efecto, al pincel, la pluma y la voz, se agregó un elemento tutelar: la tijera.
Podemos determinar los distintos tipos de censura en función de quienes la invocan: estatal y directa (como la llevada adelante por genocidas de la talla de Hitler y Stalin), estatal e indirecta (mediante recursos de amparo, decretos y leyes consensuadas en defensa de la minoridad y de una «moral media» pública), religiosa y directa (como la ejercida por la Santa Inquisición), y civil y directa (protagonizada por organizaciones civiles profascistas, organizaciones «familiares» provida, o colectivos de adscripción).
La censura moral estuvo ligada a las religiones monoteístas, las cuales han participado activamente durante siglos en la fiscalización de todo material producido por escritores, artistas visuales y dramaturgos. Así, se hizo tristemente famosa la «hoguera de las vanidades» organizada por Savonarola: un acto pedagógico y purificador hacia el pueblo florentino. Algo análogo a lo que en el transcurso de las centurias otros opresores han hecho usando también hogueras, potros de tormento, campos de exterminio, «justicias infinitas» y «guerras santas».
El argumento más utilizado a la hora de justificar la censura es la ofensa. En la Inglaterra del siglo XIX se pusieron de moda algunos eufemismos y circunloquios bajo ese fundamento. Llegó a ser impensable utilizar en sociedad la palabra leg (pierna), breast o su plural breasts (senos). Para que nadie pensara en las piernas, las de los pianos (piano legs) se disfrazaban con telas, y las patas de las mesas estaban cubiertas con largos manteles. Según el investigador G. Rattray Taylor, era incluso inaceptable preguntarle a una mujer en una cena: «May I serve you a leg of chicken?» («¿Le puedo servir una pierna de pollo?»). Tampoco se podía decir trousers (pantalones), mejor pues: femoral habiliments (prendas femorales).
En los países de habla hispana los rodeos léxicos se emplearon frecuentemente hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Los genitales, por obra y gracia del pecado original, se convirtieron en «partes pudendas», «las vergüenzas», «las partes menos honestas» y «las partes». Con la aparición de la censura como institución jurídica, los jueces debieron ser más precisos en la tipificación de las obras que incurrían en esa nueva figura delictiva. En principio, esta obligación legal y política por definir aspectos asociados a la ofensa o la discriminación fue asumida por el trabajo concreto (ad hoc) de los juristas que tienen por cometido trazar los límites de lo que es socialmente aceptable. Hasta el segundo tercio del siglo XX su trabajo consistía, en algunos casos, en determinar si el vello púbico podía ser mostrado en una escena cinematográfica, o cuándo exactamente un pene debía ser declarado en erección.
La Iglesia y el Estado han recorrido un imbricado y azaroso camino desde las persecuciones en tiempos del Imperio romano, pasando por el césaropapismo bizantino, las teocracias y el galicanismo, hasta los modernos Estados-nación, en los que el gobierno asume la totalidad del poder temporal en beneficio de la moral pública y la cohesión nacional por sobre la pluralidad de intereses y credos.
Volviendo al tema de la censura moral, en 1930, la Asociación de Productores Cinematográficos de Estados Unidos (MPPA) aprobó un código pudoroso, más conocido como Código Hays por el nombre de uno de sus mentores intelectuales, Will H. Hays, y conocido también como «La censura cinematográfica de Hollywood». Su marco regulatorio fiscalizaba las siguientes temáticas: crímenes, blasfemias, alcohol, danza, y, por cierto, el vestuario, la sexualidad y el desnudo. Hasta 1956 el código permaneció inalterado, pero entre ese año y 1963 tuvo sus modificaciones, inevitables, hasta su desaparición definitiva.
Medio siglo más tarde, la censura regresa de la mano de grupos que fomentan la corrección política y la defensa a todo aquel espectador que exprese haber padecido algún tipo de ofensa. Curiosamente, esos grupos pertenecen a movimientos políticos organizados vinculados a la izquierda, a la inversa de lo que sucedió históricamente donde los perseguidores estaban vinculados a corporaciones derechistas. Esta voluntariosa disposición de purificar de la plaza pública a los ofensores en nombre de «la verdad», se parece demasiado a la ideología totalitaria, hoy ejecutada por quienes ayer estaban comprometidos con la emancipación del sujeto. Obsérvese que estos colectivos progresistas son muy abiertos ante aquellas obras artísticas que evoquen el sadomasoquismo, la ingesta de drogas, la promiscuidad o la genitalidad (lo cual, en principio, habla acertadamente de quien no antepone «lo moral» por encima de la estética). A decir verdad, no manifiestan demasiados reparos ante la representación de la crudeza, la performance violenta o la pornografía. Solo disparan sobre la producción simbólica, por ejemplo, cuando el relato ofende a una raza (por ausencia, por contexto o por humor) o cuando ofende a la mujer (si el personaje es demasiado femenino, estereotipado o sumiso). También colocarán la mira sobre el autor de acuerdo a las acciones que llevó adelante en su vida privada.
“Dibujitos animados racistas y machistas”
Algunos colectivos afines a las minorías étnicas pidieron a Netflix que retire de su grilla la serie Friends, por considerarla racista y misógina. Al mismo tiempo aterrizaron en Hollywood para exigir a la industria del cine que incluya, para la elaboración de sus personajes de ficción, la diversidad racial, antropomórfica y sexual. Hay series para adolescentes como Popular (cuyo autor es Ryan Murphy, el libretista de Glee) en la que sus personajes son negros, coreanos, indios, latinos y descendientes de las tribus nativas de Norteamérica. También hay una cuota para adolescentes petisos (Zoey 101, de Nickelodeon) y otra para individuos transexuales. La señal FOX Premium anunció el comienzo de Pose, la primera serie subtitulada al español con lenguaje inclusivo («nosotres», «estimades amigues», etcétera). En Netflix sobreabundan los documentales apologéticos sobre drogas y las series con personajes homosexuales, pero al mismo tiempo la empresa cuenta con un «coordinador de intimidad» (un eufemismo para esquivar la palabra «censor»).
Con respecto a la «visibilización de la diversidad», esta no pasa por llevar a la ficción un personaje de cada etnia, género, cultura o talla corporal. La literalidad es patrimonio de la realidad (o de una parte de ella) pero no es un atributo de la ficción. Precisamente, esa cercanía con lo real ha provocado que algunos espectadores confundan simulacro con realismo, ficción con literalidad y humor con blasfemia. A tal punto que varios jóvenes estadounidenses exigieron a las autoridades de FOX y a los guionistas de la serie animada Los Simpsons que suprimieran de la serie al personaje Apu por considerarlo un estereotipo ofensivo hacia la raza india. Es decir, por un lado, existe un reclamo para que se habilite una cuota étnica y racial, pero por otro lado, si los guionistas incurren en alguna «broma cruel» (el italiano mafioso, el policía corrupto, el clérigo pedófilo, el indio lleno de hijos, la mucama mexicana) se evoca la etiqueta de la ofensa y se exige su retiro. En el año 2019, la empresa Disney decidió eliminar de Toy Story 2 una escena donde asoma un aparente hecho de acoso sexual. La escena transcurre dentro de la caja donde se encuentra Oloroso Pete y dos muñecas Barbie. Esto es lo que dice el muñeco: «Ustedes dos son de verdad idénticas. Puedo conseguirles un papel en Toy Story 3». Tras esta frase, el personaje mira a la cámara y advierte que lo están grabando: «Perdón. ¿Es la toma? Bueno, chicas. Fue un verdadero gusto. Y cuando quieran que les dé consejos de actuación será un placer ayudarlas». La escena hace referencia a lo que en Estados Unidos se conoce como casting coach, o «casting sábana» en el Río de la Plata, acoso denunciado por muchas actrices.
“Libros machistas para niños”
Una escuela pública de la localidad española de Sarriá (Barcelona) ha retirado de su biblioteca 200 títulos porque no son del agrado de los defensores de esta nueva agenda de derechos. «Cuentos emblemáticos como La leyenda de San Jordi, Caperucita roja o La bella durmiente son ejemplares de historias tóxicas en perspectiva de género». La censura se ha llevado a cabo después de un «análisis exhaustivo de su contenido» […] «Se ha concluido que la mayoría de los personajes femeninos son secundarios y se les atribuyen tareas de cuidados o maternidad o tienen roles relacionados con el amor» (sic). De hecho, solo el 11 % de los libros han sido considerados «positivos en perspectiva de género». Vale entender que estos personajes «positivos» carecen de relieve y conflictos: no tienen, por ejemplo, atributos vinculados al cuidado doméstico (de hermanos o ancianos), ni están vinculados a la maternidad («un estereotipo impuesto por el patriarcado y la heteronorma», dicen). La institución alega que «los cuentos que son sexistas pueden contribuir, a la larga, a actitudes machistas o, incluso, de violencia de género». Es decir, si un niño lee el «sexista» La bella durmiente, puede provocar que acabe siendo un maltratador de mujeres.
La crítica literaria española Ana Garralón se pregunta qué harán con los títulos censurados: ¿Acaso quemarlos, como hacían los nazis y los comunistas con los libros que consideraban incorrectos? La Constitución española ampara en su Artículo 20 el derecho a la creación literaria y prohíbe expresamente la censura previa, por lo que los censores se apresuraron a precisar que Caperucita roja finalmente no sería retirado, «si bien no había pasado el test» (sic).
Para Garralón, censurar libros destinados a los niños es una práctica tan arcaica como la historia del libro y de la pedagogía. A fines de la década de 1990 varios lectores se quejaron de que en el bestseller ¿Dónde está Wally? «aparecía una mujer en topless». Un poco de escándalo fue suficiente para «vestirla» en su siguiente tiraje de imprenta. Todo este control y amenazas veladas repercuten en los hacedores de libros: escritores, editores e ilustradores. La ambigüedad, necesaria en la literatura, empieza a evaporarse. El humor, que se basa en la parodia y en ridiculizar, es uno de los grandes ausentes. Y nadie quiere que le acusen de ofender a los demás.
En la década de 1980 se comenzó a utilizar en una universidad estadounidense el término «políticamente correcto» para evitar las ofensas, acaso como un reflote involuntario de los eufemismos creados por los ingleses a mediados del siglo XIX. En lugar de decir «negro» se debe decir «persona de color» o «afroamericano», entre otras recomendaciones de un muy extenso listado que busca suavizar los calificativos considerados como humillantes. En 1990, el comediante estadounidense James Finn Garner publicó un libro donde aplicaba esta norma. El volumen se tituló Cuentos infantiles políticamente correctos. El de Caperucita roja comienza así: «Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja, que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad.»
Garralón observa que la literatura en general y los libros para niños en particular se empiezan a leer bajo una mirada hipersensible. Blancanieves es considerada inmoral por convivir con siete enanitos y, desde luego, se persigue a las princesas por perpetuar «modelos patriarcales» (excepto las que se «deconstruyen»: no se depilan las axilas y eructan). Como se sabe, paralelamente a la censura ejercida por «otro más poderoso» debemos considerar la autocensura: reflejo voluntario o involuntario en el autor como consecuencia de estos sojuzgamientos sociales. Por lo tanto ¿cómo escribir sin temor ante esa vigilancia en un mundo que está leyendo todo de manera literal?
En Alemania, un clásico como La pequeña bruja, de Otfried Preussler, está siendo revisionado para que se suprima del texto a dos personajes: un niño disfrazado de esquimal y otro de niño negro. La editorial negocia duramente con los herederos, quienes se defienden diciendo que el autor no era racista. Pero eso no será relevante: la policía del pensamiento tendrá la última palabra.
No importa la procedencia del escritor ni lo que hayas escrito, dice Garralón. Si el autor osó escribir la palabra «negro» para referirse a un personaje de piel negra, toda su obra será cuestionada. Los valores estéticos no son tomados en cuenta. Cada grupo, además, tiene una legión de «escritores» que inspeccionarán los cuentos (los libres de derechos de autor) para readaptarlos según sus consignas. El caso más reciente es una versión de El Principito, titulado La Principesa. Las autoras indican que, además de ser una traducción de género, «se reescribe con una mujer protagonista que viaja a planetas donde los oficios son desempeñados indistintamente por hombres y mujeres, donde los animales reciben un trato más amable que en la obra original y la rosa se ha transformado en un clavel» (sic). No es posible imaginar qué cosa podría haber respondido Antoine de Saint-Exupéry ante la frase «…los animales reciben un trato más amable que en la obra original…».
“Arte machista para adultos”
Hasta aquí, un ligero resumen de lo que acontece en el mundo editorial. ¿Pero qué sucede con aquellos artistas que nos han legado una obra artística extraordinaria pero sus vidas privadas son objeto de condena? En los últimos dos años, Gustave Courbet, Auguste Rodin, Pablo Picasso, Charles Dickens, Albert Einstein, James Joyce, Steve McQueen, Robert Crumb, Mick Jagger, Morgan Freeman, John Belushi, Quentin Tarantino, Jorge Lanata, Alfredo Casero, Ricardo Darín y Osvaldo Laport han sido algunos de los muchos creadores, políticos, actores, periodistas y hombres de ciencia señalados como misóginos.
En el Reino Unido, la Manchester Art Gallery retiró una pintura del prerrafaelista William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), para «abrir un diálogo en torno al papel de la mujer en el arte». En España, doce mil personas firmaron un manifiesto para que se retirara de una muestra transitoria la pintura Térèse soñando (1938), de Balthus: una jovencita que deja ver, de manera provocativa, su ropa interior.
La lista no se detiene allí. Woody Allen ha sido descalificado como depravado y señalado como un sujeto execrable que mantuvo una relación incestuosa con su hija adoptada, mientras Kevin Spacey fue denunciado como acosador. El documental Leaving Neverland (Dan Reed, 2019) aborda en sus casi cuatro horas de duración los abusos sexuales perpetrados por Michael Jackson. Si bien todas estas conductas deben ser evaluadas y condenadas en los estamentos legales correspondientes, los activistas intentan desplazar el repudio hacia las creaciones artísticas de los acusados. Así, los detractores han presionado a las instituciones culturales, sellos cinematográficos y cadenas de distribución para que las obras de los nombrados fueran quitadas de las galerías (Pablo Picasso), se les rescindiera sus contratos cinematográficos (Woody Allen, Kevin Spacey) o se los purgara de alguna serie de dibujos animados (Michael Jackson). Resta saber quiénes son los mentores principales que —acechando bajo el argumento del oprobio y las prendas de la diversidad— contribuyen con cuantiosos recursos económicos para que toda esta cacería planetaria sea simultánea, sistemática y organizada.
“Racismo”
En mayo del año 2019, la escuela secundaria George Washington de la ciudad de San Francisco decidió invertir 600.000 dólares para destruir una serie de trece murales que cubren 150 metros cuadrados y narran la historia del primer presidente estadounidense, George Washington. El autor de las obras, Victor Arnautoff, fue un artista soviético que había emigrado a Estados Unidos y que en la década de 1930 pintó murales en edificios públicos para la Administración de Trabajo del gobierno, un proyecto de Franklin Roosevelt para darle empleo a artistas desempleados por la Gran Depresión. En los murales de Arnautoff, Washington les da órdenes a sus esclavos, los exploradores matan indios y el prócer aparece rodeado de sirvientes.
La escuela eliminó esas pinturas, no porque defiendan la idea de un prócer impoluto, sino porque «la presentación de minorías solo como víctimas es una agresión a nuestro alumnado. Queremos brindarles a nuestros alumnos un ambiente seguro» (sic).
En Uruguay, en el año 2018, se suscitó una polémica a propósito de un cartel en el que se muestra a una mujer negra amamantado a un bebé blanco. El afiche respondía a la convocatoria anual que hacen los organizadores de la fiesta de la Patria Gaucha, en Tacuarembó. El MIDES, a través de la ministra Marina Arismendi, lo consideró «racista y retrógrado» («Nos atrasa un siglo y medio», dijo la ministra). Del mismo modo que alguien podría haberse visto afectado por alguna razón genuina (tatarabuelos negros y esclavos), también se podría ver un homenaje a la relación desinteresada entre una nodriza y un niño que necesitaba alimento. Se podrá refutar que quienes así opinan tienen una mirada ingenua y pastoril a propósito del sufrimiento que padecieron los esclavos. Sin embargo, podría haber tanto racismo en quien pide que se retire la figura de la mujer negra, como en quien utilizó la estampa de la misma mujer para promover un evento folclórico.
La Diputada por el Partido Nacional, Gloria Rodríguez Santo (una legisladora de piel negra), escribió lo siguiente: «Es en esa imagen del “ama de leche”, quizás por nuestro orgullo de ser afrodescendientes, que vemos un mensaje mucho más profundo y positivo que a la época o a las prácticas nefastas a las que pueda retrotraer.»
En Londres, la guionista británica Karla Marie Sweet se quejó de que no entendía la ausencia de actores negros en la exitosa serie de HBO Chernóbil, basada en la tragedia ocurrida en 1986 en la central nuclear de la Ucrania soviética. Sweet explicó en Twitter que se sentía «decepcionada» al ver «un programa exitoso con un elenco masivo» que invisibiliza a «las personas de color» (sic). En respuesta, uno de los comentaristas le respondió: «No había personas “de color” porque en esa zona de la ex Unión Soviética el tipo racial predominante es el blanco-rubio». Luego de ese intercambio, la guionista restringió el acceso a su cuenta. Pero, como señalé más arriba, la censura está dirigida no solo a la obra, sino también a sus autores. Si esos creadores, además, tienen un oscuro pasado en sus vidas privadas, tanto mejor. En este momento de revisionismo, un grupo de historiadores descubrió —hurgando en documentos y testimonios de su biografía— que Mahatma Gandhi llegó a abrazar el racismo durante su juventud. El objetivo es desacreditar sus acciones y echar por tierra su consagración como sujeto pacifista y líder de masas.
“Ciencia racista y misógina”
Según relata el crítico Jorge Barreiro, un grupo de estudiantes de la Universidad de las Artes de Filadelfia pidió que no se dejara hablar, y que se despidiera, a la profesora —y feminista— Camille Paglia, una de sus académicas más prestigiosas, por sus críticas al feminismo hegemónico, a la teoría posmoderna del constructivismo sociocultural —personificado, según ella, en Foucault y Derrida— y a su oposición a la discriminación positiva en favor de las mujeres por considerarla una forma de minusvalorarlas. El rector se negó, finalmente, a las pretensiones censoras de los estudiantes. En algunas universidades australianas las carreras de los astrónomos y astrofísicos no dependen solo de sus méritos académicos, sino también de sus identidades personales —varón, blanco y heterosexual corren últimamente con desventaja— y de sus antecedentes en asuntos de «diversidad». Para aspirar a cargos y recursos —en astronomía— se exige al interesado que escriba una «declaración sobre diversidad» (sic).
A la psicóloga y socióloga estadounidense Linda Gottfredson le cancelaron una conferencia en la Universidad de Gotemburgo por sostener cosas tan «inauditas» como que hay evidencia de que algunas pautas conductuales no obedecen solo a construcciones sociales, sino también a factores genéticos. Se le comunicó que su invitación había sido anulada debido a las protestas de otros investigadores que sostenían que «las conclusiones no igualitarias» de Gottfredson contravenían las normas éticas del organizador. Pero la coerción hacia quienes piensan distinto no se suscita solo con la ciencia; el oscurantismo también afecta a principios democráticos y de igualdad largamente arraigados en nuestra tradición republicana, como la presunción de inocencia, el derecho a un juicio imparcial, y a la libertad de creación artística, que ya se suponía a resguardo de los imperativos religiosos o morales. La carrera académica del profesor y abogado Ronald S. Sullivan Jr., el primer decano negro de la historia de Harvard, llegó a su fin cuando las autoridades de la universidad anunciaron que no le renovarían su mandato. Su pecado fue el de haberse sumado al equipo de defensa de Harvey Weinstein, el productor de Hollywood acusado de abusos sexuales y que disparó la creación del movimiento #MeToo. Los estudiantes consideraron que Sullivan «ya no era de fiar como académico» (sic). Se deduce que, para las autoridades de Harvard, una conquista civilizatoria como la presunción de inocencia —rubricada en la Constitución— y el derecho a disponer de abogados defensores, son meros detalles que deben sacrificarse en el altar de la lucha contra el sexismo.
Hay muchos más ejemplos de descalificación moral hacia los científicos «heréticos». La prueba más categórica es la reciente creación de la revista Journal of Controversial Ideas, para que los académicos que escriben sobre temas controvertidos (¿habrá algún tema científico que no haya sido controvertido en algún momento?) puedan publicar… anónimamente. Entiéndase bien: se está empujando a quienes tienen el genuino derecho a discrepar a que lo hagan, pero desde las sombras.
Uno de sus promotores, el profesor de filosofía de la Universidad de Oxford, Jeff McMahan, recordó que «Las amenazas de fuera de la universidad suelen provenir más de la derecha. Las amenazas a la libre expresión y a la libertad académica en el seno de la universidad suelen provenir de la izquierda».
Según Barreiro, sobre el clima intelectual imperante en la facultad de Ciencias Sociales de Uruguay, el profesor Nicolás Trajtenberg ha llegado a sufrir la estigmatización y la descalificación de quienes no adhieren a las corrientes de la izquierda identitaria hegemónica. Cualquiera que se atreva a desafiar el canon —marxismo cultural, feminismo de género y políticas identitarias en general— es tachado de sexista, racista, homófobo, islamófobo o «neoliberal» —incluso fascista, llegado el caso— porque, cuando se va escaso de argumentos, no hay mejor recurso que la descalificación ad hominem, previa alegación de ofensa. La advertencia para los futuros investigadores es clara: hay temas «sensibles» que no conviene abordar. No decir en público lo que se piensa en privado por temor al descrédito o el estigma es una decisión bastante corriente. Esto erosiona la libertad académica y de expresión en general, el progreso del conocimiento y hasta algunos principios básicos del orden democrático. Todo hallazgo científico —tanto de las ciencias naturales como de las sociales— debería ser impugnado, contradicho o cuestionado. ¿Por qué no refutar a Carl, a Paglia, a Gottfredson y a Sullivan? ¿Qué mal podría derivarse de confrontar ideas rivales?
Los ya célebres «espacios seguros» que reclaman los estudiantes en los campus anglosajones no refieren solo al acoso sexual o a que las autoridades eliminen «murales ofensivos». Un «espacio seguro» es también aquel en el que el educando se halla «a resguardo de las ideas que le hacen mal» (sic). Por tanto, esas ideas se suprimen.
Corolario
La idea de ficción, que madura en la Europa medieval con la eclosión de la novela, se ha quebrantado de forma grave en el siglo XXI, lo cual atenta contra su sentido de existencia. Hoy, si esa ficción quiere dar lucha por su libertad —en el debido marco del respeto y de lo que se supone se debe interpretar por humor o estereotipo—, deberá enfrentarse a dudosas adaptaciones, modificaciones, y formar parte de listas negras o escraches. Hace un tiempo anduvo circulando en las redes sociales un listado de «las diez canciones más misóginas de la música uruguaya» (sic). En el podio se hallaba el tema La hermana de la coneja (Jaime Roos/ Raúl Castro), pero las más cuestionadas siguen siendo las letras de tangos. «El tango no ha ofrecido una imagen de mujer autónoma y de avanzada, sino que tiene un claro componente machista y paternalista en sus letras, pero queremos otro tango» (sic), reclamó la senadora uruguaya Constanza Moreira, volviendo a confundir ficción con literalidad y testimonio histórico con ofensa y culpa social.
Varios observadores han advertido que en la historia contemporánea, quienes mejor han aplicado la lógica de estas acciones censoras, han sido aquellos regímenes donde universidad pública, partido y Estado son uno solo.
En suma, cuando las estructuras de poder aspiran a la prolongación inerte de sus dogmas, el artista y su obra terminan impugnados o directamente eliminados. A ese artista entonces se le teme, como se le temió a Masaccio, a Klimt, a Bellmer, a Manet, a Zola y a Onetti. Varios de ellos, expatriados o encarcelados. El humor, el arte, la libertad de expresarse fundada en la lengua «convencional» y —sobre todo— en la capacidad de simbolizar, se arrojan a la censura. Así como el Ku Klux Klan ordenó una fogata con discos de los Beatles en Texas en 1966, los nuevos emisarios del oscurantismo procuran arrojar a una nueva hoguera las obras que no se ajustan a los parámetros de sus agendas progresistas.
En consecuencia, la censura contra un arte que no se aviene a sus esquemas siembra el desprecio por el arte y la cultura, elimina el diálogo, fomenta la intolerancia y promueve la violencia. Será el triunfo de una literalidad plana bajo el cercenamiento a las libertades. Será, en nombre de la ofensa, el triunfo del fascismo.
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